9 may 2012

6º Domingo de Pascua (B)

Juan 15, 9-17

1. Oración Inicial: Padre Bueno, tú que eres fuente de vida y nos sorprendes siempre con tus dones, danos la gracia de responder al llamado de tu Hijo Jesús que nos llamó amigos, para que siguiéndole a El, nuestro maestro y pastor, aprendamos a observar sus mandamientos, la nueva y definitiva Ley que es El mismo, camino para llegar a ti y permanecer en ti.  AMÉN. Cantar "Espíritu Santo Ven, Ven".

2.   Lectura:   ¿Qué dice el texto?

a)  Introducción: El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso de despedida en el que se recogen con una intensidad especial algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus discípulos(as) a lo largo de los tiempos, para ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días. Abramos nuestros corazones a escuchar la Palabra de Dios.

b. Leer el texto: Juan 15,9-17: Leemos este texto de Juan con mucha atención, tratando de descubrir el mensaje de fe que el evangelista quiso transmitir a su comunidad. Leerlo una segunda vez.

c. Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida. Terminar cantando: “Tu Palabra me Da Vida”.

d)  ¿Qué dice el texto?

1)    ¿Qué versículo o parte del texto te impresionó más? ¿Por qué?

2)    ¿Cuál es el contexto en qué habla Jesús?

3)    ¿Cómo permanecer en el amor de Jesús?

4)    ¿Qué es el mandamiento de Jesús? ¿De qué manera amó Jesús? 

5)    ¿Cómo llama a los discípulos y por qué? ¿Qué hace Jesús por ellos(as)?

6)    ¿Qué les pide, qué es su misión?

3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida? No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo.  Lo importante es conocer y profundizar el pasaje, reflexionarlo y aplicarlo a nuestra vida.

  1. ¿Qué significa para nosotros permanecer en el amor de Jesús?
  2. ¿Qué hacemos para no desviarnos del amor en nuestra comunidad?
  3. El amor cristiano no es tanto un sentimiento del corazón como una actitud de vida ante el prójimo, sea amigo o enemigo. ¿Cómo mostramos amor a Dios y al prójimo?
  4. «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos»: ¿Hemos conocido a personas quienes hayan dado en sus vidas este testimonio de vida? Comentar.
  5. «los destiné para que vayan y den fruto»: ¿Cuáles son los frutos de nuestra comunidad?
  6. ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga realidad en nuestra vida?
4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de escuchar y meditar su Palabra? Ponemos en forma de oración todo aquello que hemos reflexionado sobre el Evangelio y sobre nuestra vida. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.”

5.  Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto y Comprometerse con la transformación de la realidad: En nuestros días la solidaridad es muestra del amor real a los demás.  Piensa en un gesto solidario para vivir esta semana. Y ahora llevamos cada uno una “palabra”.  No significa una palabra sola; puede ser un versículo o una frase del texto. Seguramente esta “palabra” o frase se hará presente durante el día mientras participamos en nuestros quehaceres diarios.

 6. Oración final: Dios, Padre nuestro, ayúdanos a amar como Jesús, sintiendo compasión activa por el otro, comprometiéndonos con el dolor ajeno, haciéndonos próximo al que sufre y está abandonado, viviendo la solidaridad concreta que nace de ver al otro como hermano(a). Amar como Jesús, en la práctica concreta y real de cada día, amando en el hoy y ahora, amando a todos(as), a través del servicio, la donación y la entrega de lo mejor de cada uno para el bien de los demás. AMÈN.   Padre Nuestro, que estás en el cielo…

Para Las Personas Que Quieran Profundizar Más

 1. «Permanezcan en mi amor». Es lo primero. No se trata sólo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano(a) es en primer lugar un una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor. Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Sólo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.

2. El verdadero discipulado(a): La cruz de Jesús, el gran instrumento de tortura del imperio romano, se transforma -como otra cara de la moneda- también en la máxima expresión de amor de todos los tiempos. La cruz, símbolo de muerte y sufrimiento, pasa a ser signo vivo de más vida. En realidad con su amor final Jesús dice que debemos amar «como» Él, es decir hasta ser capaces de dar la vida. La cruz es la «escuela del amor»; no porque en sí misma sea buena, ¡todo lo contrario!, sino porque lo que es bueno es el amor ¡hasta la cruz! La cruz como medida puede ser medida del odio de Caifás, y también, del amor de Jesús; éste último es el que a nosotros nos interesa. Es el amor que nos enseña a mirar ante todo al ser amado, y más que a nosotros mismos, que nos enseña a no prestar atención a nuestra vida, sino la vida de quienes amamos; es el amor que nos enseña a ser libres hasta de nosotros mismos, siendo «esclavos de los demás por amor». Nada hay más esclavizante que el amor, y nada hay más liberador que el amor (para quien lo da y para quien lo recibe. Aquí el amor es fruto de una unión, de «permanecer» unidos a aquel que es el amor verdadero. Y ese amor supone la exigencia -«mandamiento»- que nace del mismo amor, y por tanto es libre, de amar hasta el extremo, de ser capaces de dar la vida para engendrar más vida.

El amor así entendido es siempre el «amor mayor», como el que condujo a Jesús a aceptar la muerte a que lo condenaban los violentos. A ese amor somos invitados, a amar «como» él movidos por una estrecha relación con el Padre y con el Hijo. Ese amor no tendrá la liviandad de la brisa, sino que permanecerá, como permanece la rama unida a la planta para dar fruto. Cuando el amor permanece, y se hace presente mutuamente entre los discípulos, es signo evidente de la estrecha unión de los seguidores de Jesús con su Señor, como es signo, también, de la relación entre el Señor y su Padre. Esto genera una unión plena entre todos los que son parte de esta «familia», y que llena de gozo a todos sus miembros donde unos y otros se pertenecen mutuamente aunque siempre la iniciativa primera sea de Dios.

3. La alegría cristiana: Esta alegría del creyente no es fruto de un temperamento optimista. No es el resultado de un bienestar tranquilo. No hay que confundirlo con una vida sin problemas o conflictos. Lo sabemos todos: un cristiano experimenta la dureza de la vida con la misma crudeza y la misma fragilidad que cualquier otro ser humano. El secreto de esta alegría está en otra parte: más allá de esa alegría que uno experimenta cuando «las cosas le van bien». Pablo de Tarso dice que es una «alegría en el Señor», que se vive estando enraizado en Jesús. Juan dice más: es la misma alegría de Jesús dentro de nosotros. La alegría cristiana nace de la unión íntima con Jesucristo. Por eso no se manifiesta de ordinario en la euforia o el optimismo a todo trance, sino que se esconde humildemente en el fondo del alma creyente. Es una alegría que está en la raíz misma de nuestra vida, sostenida por la fe en Jesús. Esta alegría no se vive de espaldas al sufrimiento que hay en el mundo, pues es la alegría del mismo Jesús dentro de nosotros. Al contrario, se convierte en principio de acción contra la tristeza. Pocas cosas haremos más grandes y evangélicas que aliviar el sufrimiento de las personas y contagiar alegría realista y esperanza.

Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas, resentimientos, lamentos y desazón. A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros(as). 

5° Domingo de Pascua (B)

Juan 15,1-8

1. Oración Inicial:
Señor, abre nuestro corazón, abre nuestro ser a tu ser, ábrenos a la Vida con el poder misterioso de tu Palabra. Haznos escuchar, haznos comer y gustar este alimento del alma; ¡ve cómo nos es indispensable! Envía, ahora, el buen fruto de tu Espíritu para que realice en nosotros lo que leamos y meditemos sobre Ti. Amén.

2.   Lectura:   ¿Qué dice el texto?

a)  Introducción: El texto de hoy nos ofrece una imagen sencilla y de gran fuerza expresiva. Jesús es la «vid verdadera», llena de vida; los discípulos son «sarmientos» que viven de la savia que les llega de Jesús; el Padre es el «viñador» que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. Lo único importante es que vayamos haciendo realidad su proyecto de un mundo más humano, justo y feliz. Abramos nuestros corazones a escuchar la Palabra de Dios.

b)  Leer el texto: Juan 15,1-8: Leemos este texto de Juan con mucha atención, tratando de descubrir el mensaje de fe que el evangelista quiso transmitir a su comunidad.  Releerlo una segunda vez.

c) Un momento de silencio orante: Como sarmiento, permanecemos ahora, unidos a la vid, que es nuestro Señor y nos abandonamos a Él, nos dejamos envolver de la savia de su voz silenciosa y profunda, que es como agua viva.  Terminamos cantando: “Tu Palabra me Da Vida”.

d)  ¿Qué dice el texto?

1)    ¿Quién es la vid y quién el labrador?

2)    ¿Qué es necesario para que una rama pueda dar fruto?

3)    ¿Qué propósito tiene la poda en el proceso de crecimiento de la parra?

4)    ¿Qué deben demostrar los verdaderos discípulos(as) de Jesús?

 3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida?  No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo.  Lo importante es conocer y profundizar el pasaje, reflexionarlo y aplicarlo a nuestra vida.

a.    ¿Qué significa para nosotros «estar unidos a Jesús»? ¿Estamos unidos(as) a Dios?

b.    ¿Qué frutos del Reino de Dios hemos producido?  ¿Y en nuestra comunidad?

c.    ¿Qué necesitaría ser podado en la comunidad para que dé más fruto?

d.    Toda planta necesita ser abonada para se fortalezca y crezca: ¿Qué abonos hacen falta en nuestra comunidad, en nuestro país?

e.    ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga realidad en nuestra vida?

4.  Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de meditar su Palabra?  Ponemos en forma de oración todo aquello que hemos reflexionado sobre el Evangelio y sobre nuestra vida. «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto».

5. Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto y Comprometernos con la transformación de la realidad: Compromiso: ¿Qué gestos podemos ofrecer esta semana para vivir unidos(as) a Jesús?  Llevamos una “palabra”. No significa una palabra sola; puede ser un versículo o una frase del texto. Representa para nosotros un mensaje significativo resumido en una o pocas palabras.  Seguramente esta “palabra” o frase se hará presente durante el día mientras participamos en nuestros quehaceres diarios.

6. Oración final: Señor de la Vida, ayúdanos a permanecer unidos a Ti…cuando anunciamos que otro mundo mejor es posible... cuando luchamos por la vida... cuando nuestros esfuerzos se concentran en el Reino de Dios… cuando vivimos unidos(as) a Jesús… cuando vivimos los valores del Evangelio... cuando lo más importante es la vida son las personas... cuando luchamos para cambiar la realidad que nos rodea... cuando vivimos unidos a Jesús.  AMÉN. Padre Nuestro, que estás en el cielo…

Para Las Personas Que Quieran Profundizar Más

1.  Para colocar el pasaje en su contexto: Estos pocos versículos forman parte del gran discurso de Jesús a sus discípulos en el momento íntimo de la última cena y comienza con el versículo 3 del cap. 13 prolongándose hasta todo el cap. 17. Se trata de una unidad muy estrecha, profunda e indisoluble, que no tiene par en todos los Evangelios y que recapitula en sí toda la revelación de Jesús en la vida divina y en el misterio de la Trinidad; es el texto que dice lo que ningún otro texto de las Sagradas Escrituras es capaz de decir en relación a la vida cristiana, su potencia, sus deberes, su gozo y su dolor, su esperanza y su lucha en este mundo y en la Iglesia. Pocos versículos, pero rebosantes de amor, de aquel amor hasta el final, que Jesús ha decidido vivir con los suyos, con nosotros, hoy y siempre. En fuerza de este amor, como supremo y definitivo gesto de ternura infinita, que recoge en sí todo otro gesto de amor, el Señor deja a los suyos una presencia nueva, un modo nuevo de existir: a través de la parábola de la vid y de sus sarmientos y a través, del verbo permanecer. El no puede quedarse junto a nosotros porque vuelve al Padre, pero permanece dentro de nosotros.

2.  El verdadero discipulado (15,1-17): Este pasaje se ocupa de precisar cómo debe ser el auténtico discípulo(a) de Jesús. Existen claros indicios para dividir esta sección en dos partes. En la primera (Jn 15,1-8) se entremezcla el material alegórico, la vid y los sarmientos, con el lenguaje directo, que presenta a Jesús como el Yo soy. La segunda (15,9-17) tiene como denominador común el pensamiento del amor. En conjunto, ambas partes, son una amonestación del Resucitado.

3. No Quedarnos Sin Savia: La imagen es de una fuerza extraordinaria. Jesús es la «vid», los que creemos en él somos los «sarmientos». Toda la vitalidad de los cristianos nace de él. Si la savia de Jesús resucitado corre por nuestra vida, nos aporta alegría, luz, creatividad, coraje para vivir como vivía él. Si, por el contrario, no fluye en nosotros, somos sarmientos secos. Éste es el verdadero problema de una comunidad que celebra a Jesús resucitado como «vid» llena de vida, pero que está formada, en buena parte, por sarmientos muertos. ¿Para qué seguir distrayéndonos en tantas cosas, si la vida de Jesús no corre por nuestras comunidades y nuestros corazones? Nuestra primera tarea hoy y siempre es «permanecer» en la vid, no vivir desconectados de Jesús, no quedarnos sin savia, no secarnos más. ¿Cómo se hace esto? El evangelio lo dice con claridad: hemos de esforzarnos para que sus «palabras» permanezcan en nosotros. La vida cristiana no brota espontáneamente entre nosotros. Es necesario leer y meditar las palabras de Jesús. Sólo la familiaridad y afinidad con los evangelios nos hace ir aprendiendo poco a poco a vivir como él. Este acercamiento frecuente a la Palabra nos va poniendo en sintonía con Jesús, nos contagia su amor al mundo, nos va apasionando con su proyecto, va infundiendo en nosotros su Espíritu. Casi sin darnos cuenta, nos vamos haciendo cristianos(as). Esta meditación personal de las palabras de Jesús nos cambia más que todas las explicaciones y discursos. Las personas cambiamos desde dentro. Tal vez, éste sea uno de los problemas más graves de nuestra religión: no cambiamos, porque sólo lo que pasa por nuestro corazón cambia nuestra vida; y, con frecuencia, por nuestro corazón no pasa la savia de Jesús. La vida de la Iglesia se trasformaría si los creyentes, los matrimonios cristianos, los sacerdotes, las religiosas, los obispos, tuviéramos como libro de cabecera los evangelios de Jesús.  Los cristianos(as) vivimos hoy preocupados y distraídos por muchas cuestiones. Pero no hemos de olvidar lo esencial. Todos somos «sarmientos». Sólo Jesús es «la verdadera vid». Lo decisivo en estos momentos es «permanecer en él»: aplicar toda nuestra atención al Evangelio; alimentar en nuestras comunidades el contacto vivo con él; no desviarnos de su proyecto del Reino.

4. Jesús nos desafía: Jesús, valiéndose de la alegoría de la viña, invita a los suyos a permanecer unidos a él. Pero no es una unidad cerrada, autocomplaciente y dependiente. Es la unidad de la comunión fraterna que es capaz de enfrentar todas las dificultades que amenazan a la comunidad de discípulos(as) se busca el acomodo y la vida fácil. O, sencillamente, se busca afianzarse en la tradición que da seguridad. Así les pasaba a los primeros cristianos de origen judío. Así nos pasa hoy. Para no arriesgar nada preferimos anclarnos en lo seguro del pasado para no abrirnos al riesgo de lo nuevo. Pero Jesús nos desafía, nos desinstala, nos lanza a la aventura del presente y a la inseguridad del futuro. Solo la unidad fraterna en torno a Jesús es la única garantía de una vida auténtica. No hay más seguridades ni jurídicas, ni políticas, ni doctrinales.  El signo que hará creíble el mensaje de Jesús es la unidad de los creyentes que se expresa en la fraternidad y solidaridad con quienes no tienen acceso a los bienes para optimizar su calidad de vida. En un mundo dividido por las guerras genocidas, las injusticias escalofriantes, la sistemática violación de los derechos humanos, fruto del egoísmo y la ambición humana, la comunión fraterna, solidaria y misericordiosa será una luz que mantenga viva la esperanza de la humanidad.

4º Domingo de Pascua (B)

Juan 10,11-18

1. Oración Inicial: Señor Jesús, envíanos tu Espíritu Santo para comprender tú Palabra.  Guía nuestros pasos y orienta nuestro caminar para que sigamos tu ejemplo anunciando un Dios que se hace cercano para traernos la justicia y la paz. Queremos ser testigos para construir un mundo nuevo, para que brille el Evangelio y con su luz pueda haber Vida para tu pueblo.    AMÉN. Cantar "Espíritu Santo Ven, Ven".

 2. Lectura: ¿Qué dice el texto?

 a)  Introducción: En el texto de hoy, Jesús tiene delante a sus interlocutores: los fariseos, identificados en Jn 10,19 con los judíos.  Ellos son los falsos pastores, que han excomulgado y echado fuera al ciego. Por el contrario, Jesús, el buen pastor, busca la oveja perdida, la encuentra y la acoge.  Este contraste violento se describe ahora mediante una comparación: la del pastor. Abramos nuestros corazones a la Palabra de Dios.

b) Leer el texto: Juan 10,11-18: Leemos este texto de Juan con mucha atención, tratando de descubrir el mensaje de fe que el evangelista quiso transmitir a su comunidad. Leerlo una segunda vez.

c) Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida. Terminar cantando: “Tu Palabra me Da Vida”.

d) ¿Qué dice el texto?

1)    ¿Qué versículo o parte del texto más te impresionó? ¿Por qué?

2)    ¿Cómo se identifica Jesús en el texto?  ¿Qué características  tiene el buen pastor?

3)    A diferencia del buen pastor, ¿cómo actúa el asalariado?  ¿Por qué?

4)    ¿Cuál es la relación entre el buen pastor y sus ovejas? ¿Hasta qué extremo está dispuesto llegar el pastor por sus ovejas?

5)    ¿Qué actitud y preocupación tiene el buen pastor por las ovejas que no son de su corral?  ¿Qué deseo tiene Jesús para las personas que no son todavía sus seguidores?

 3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida? No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo.  Lo importante es conocer y profundizar el pasaje, reflexionarlo y aplicarlo a nuestra vida.

a.    ¿Han experimentado en su vida a Jesús como el buen pastor? Compartir.

b.    Hay personas que se presentan como líderes, pero en realidad, en vez de servir, buscan sus propios intereses. ¿Hemos tenido esta experiencia? ¿Cómo debemos evaluar a un líder?

c.    ¿Cómo son nuestras actitudes respecto a personas que dependen de nuestros cuidados? ¿Nos comportamos a veces como el pastor asalariado? ¿Conozcamos de verdad a las ovejas y las ovejas nos conocen a nosotros? ¿Somos capaces de dar la vida por las ovejas?

d.    Jesús abre el horizonte a otras ovejas que no son del redil: ¿No sería que hoy la Iglesia esté demasiada encerrada en sí misma: su manera de celebrar, de organizarse, etc. que mantenga alejada a mucha gente que, de buena gana entraría en nuestra comunión si abriéramos más las puertas que nos encierran?

e.    Nuestra comunidad y nuestra pastoral: ¿Cómo continúa la misión de Jesús, Buen Pastor?

4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de meditar su Palabra?   Ponemos en forma de oración todo aquello que hemos reflexionado sobre el Evangelio y sobre nuestra vida.  «El buen pastor da su vida por las ovejas».

5. Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto y Comprometernos con la transformación de la realidad: Compromiso: ¿Cómo puedes vivir una entrega de tu vida en la vida diaria, en tu familia, en tu trabajo?  Llevamos una “palabra”: Seguramente esta “palabra” o versículo se hará presente durante el día (semana)  mientras participamos en nuestros quehaceres diarios.

6. Oración final: Jesús, Buen Pastor, cuida toda la humanidad, y ya que nos alegramos por la alegría de la Resurrección, danos fuerza para trabajar con valor por el Reino y el gozo de verlo crecer poco a poco en el mundo, de modo que la fraternidad y solidaridad universal sea cada día más real.  Padre Nuestro, que estás en el cielo…  AMÉN.

Para Las Personas Que Quieran Profundizar Más

1. Contexto: El texto del evangelio de hoy (Jn 10,11-18) es la última parte del discurso del Buen Pastor (Jn 10,1-18).  El discurso de Jesús sobre el “Buen Pastor” presenta tres comparaciones, ligadas entre sí por la imagen de las ovejas, que ofrecen criterios para discernir quién es el verdadero pastor:
  • 1ª comparación (10,1-5): «Entrar por la puerta». Jesús distingue entre el pastor de las ovejas y aquel que asalta para robar. Aquello que revela quién es el pastor es el hecho de que él entra por la puerta. El salteador por otra parte.
  • 2ª comparación (10,6-10): «Yo soy la puerta». Entrar por la puerta significa obrar como Jesús, cuya preocupación mayor es la vida en abundancia de las ovejas. Aquello que revela al pastor es la defensa de la vida de las ovejas.
  • 3ª comparación (10,11-18): «Yo soy el buen pastor». Jesús no es sencillamente un pastor. Él es el Buen Pastor. Aquello que revela quién es el Buen Pastor es (1) el conocimiento recíproco entre la oveja y el pastor y (2) dar la vida por las ovejas.
¿En qué modo la parábola del Buen Pastor puede quitar la ceguera y abrir los ojos de las personas? En aquel tiempo, la imagen del pastor era el símbolo de líder. Pero no por el simple hecho de que alguien se ocupe de las ovejas puede éste ser definido como pastor. También los mercenarios cuentan. Los fariseos eran personas líderes. ¿Pero eran también pastores? Como veremos, según la parábola, para discernir quien es pastor y quién es mercenario, es necesario atender a dos cosas: (a) la conducta de las ovejas frente al pastor que las conduce, para ver si reconocen su voz. (b) la conducta del Pastor ante las ovejas para ver si su interés es la vida de las ovejas y si es capaz de dar la vida por ellos (10,11-18).

2. La comparación del Buen Pastor (10,11-15): Jesús no es un pastor cualquiera, es ¡el buen pastor! La imagen del buen pastor viene del Antiguo Testamento. Diciendo que es el Buen Pastor, Jesús se presenta como aquél que viene a cumplir las promesas de los profetas y las esperanzas del pueblo. Hay dos puntos en los que insiste: (a) En la defensa de la vida de las ovejas: el buen pastor da su vida. (b) En el mutuo entendimiento entre el pastor y las ovejas: El Pastor conoce a sus ovejas y ellas conocen al pastor. Y el pastor falso, que quiere vencer su ceguera, debe confrontar su propia opinión con la opinión de la gente. Esto era lo que no hacían los fariseos. Ellos despreciaban a las ovejas y las llamaban gente maldita e ignorante (7,49; 9,34). Al contrario, Jesús dice que la gente tiene una percepción infalible para saber quién es el buen pastor, porque reconoce la voz del pastor (10,4). Los fariseos pensaban que poseían la certeza en discernir las cosas de Dios. Pero en realidad eran ciegos. El discurso sobre el Buen Pastor encierra dos importantes reglas para quitar la ceguera farisaica de nuestros ojos: (a) Los pastores están muy atentos a la reacción de las ovejas, porque reconocen la voz del pastor. (b) Las ovejas deben prestar mucha atención a la conducta de aquéllos que se dicen pastores para verificar si verdaderamente les interesa la vida de las ovejas, sí o no, o si son capaces de dar la vida por las ovejas. ¿Y los pastores de hoy?

3. «Pastores» en la comunidad cristiana: Cuando entre los primeros cristianos comenzaron los conflictos y disensiones entre grupos y líderes diferentes, alguien sintió la necesidad de recordar que, en la comunidad de Jesús, sólo él es el Pastor bueno. No un pastor más, sino el auténtico, el verdadero, el modelo a seguir por todos. Esta bella imagen de Jesús, Pastor bueno, es una llamada a la conversión, dirigida a quienes pueden reivindicar el título de «pastores» en la comunidad cristiana. El pastor que se parece a Jesús, sólo piensa en sus ovejas, no «huye» ante los problemas, no las «abandona». Al contrario, está junto a ellas, las defiende, se desvive por ellas, «expone su vida» buscando su bien. Al mismo tiempo, esta imagen es una llamada a la comunión fraterna entre todos. El Buen Pastor «conoce» a sus ovejas y las ovejas le «conocen» a él. Sólo desde esta cercanía estrecha, desde este conocimiento mutuo y esta comunión de corazón, el Buen Pastor comparte su vida con las ovejas. Hacia esta comunión y mutuo conocimiento hemos de caminar también hoy en la Iglesia.
 
4. Responsabilidad pastoral no es un privilegio: Estamos ante la disyuntiva central: vida o muerte. Jesús hace ver así lo que está realmente en juego al interior de la Iglesia. Quienes tienen una tarea de orientación en ella deben estar cerca al pueblo cristiano, conocer sus necesidades y esperanzas. Más todavía, compartir su vida. La responsabilidad pastoral no es un privilegio, es un servicio. El pastor que se aleja de los sufrimientos cotidianos de los pobres, de los maltratos que reciben, se convierte en un extraño, y finalmente - por duros que puedan parecer los términos- en un «ladrón y salteador». Es un riesgo permanente. La advertencia del Señor es severa y exigente.

3° Domingo de Pascua

Lucas 24,35-48

1. Oración Inicial: Señor Jesús, envíanos tu Espíritu Santo y explícanos las Escrituras. Haz que arde nuestro corazón mientras nos hablas.  AMÉN.

 2.   Lectura:   ¿Qué dice el texto?

a. Introducción: No es fácil creer en Jesús resucitado. Según el texto de hoy, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre». Creer en el Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas. Abramos nuestros corazones a escuchar la Palabra de Dios.

b. Leer el texto: Lucas 24,35-48: Leemos este texto de Lucas con mucha atención, tratando de descubrir el mensaje de fe que el evangelista quiso transmitir a su comunidad. Releerlo una segunda vez.

c. Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio, para dejar que la Palabra de Dios impregne el corazón y la mente.       Terminar cantando: “Tu Palabra me Da Vida”.

d.  ¿Qué dice el texto?

1)    ¿Qué versículo o parte del texto más te impresionó? ¿Por qué?

2)    ¿Qué estaban haciendo los discípulos que retornaron de Emaús? ¿Qué dice Jesús al llegar? ¿Cómo reaccionaron los discípulos?

3)    ¿Qué les explica el Señor después de comer con ellos?

4)    ¿Qué hizo Jesús para que comprendieran las Escrituras?

5)    ¿Qué estaba escrito en la Biblia que explicaba lo que iba a suceder a Jesús?

6)    ¿Cuál es la misión de los “testigos de todo esto”?

 3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida?  No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo.  Lo importante es conocer y profundizar el texto, reflexionarlo y descubrir su sentido para nuestra vida.

  1. Los discípulos creen que se trata de un fantasma.  También hoy existen imágenes confusas de Jesús.  ¿Qué desafíos nos presenta para nosotros? ¿Qué imagen de Jesús presentamos?
  2. Aunque el testimonio de los otros, que han creído antes, sea indispensable, la experiencia personal de Cristo es el fundamento de la fe de los creyentes de todos los tiempos.  Comparte lo que ha sido tú experiencia personal de Cristo vivo.
  3. «Les abrió la mente para que entendieran las Escrituras»: ¿Escuchamos la Palabra de Dios en la Biblia?  ¿Nos ayuda para entender mejor nuestra vida y la realidad histórica de nuestro país?
  4. «Hacen falta testigos»: Comentar.
  5. ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga realidad?
4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de escuchar y meditar su Palabra? Desde la vida iluminada por la Palabra, ahora nos dirigimos a Dios.  Como comunidad orante, hablamos con el Señor alabando, dando gracias, pidiendo, contándole lo que uno quiere o siente. «Ustedes son testigos de todo esto».

5.  Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto y Comprometernos con la transformación de la realidad: Compromiso: ¿De qué manera, en forma personal y comunitaria, podemos dar testimonio de Cristo? Llevamos una “palabra”. Seguramente esta “palabra” o versículo se hará presente durante el día (semana)  mientras participamos en nuestros quehaceres diarios.

6. Oración final: Oh Dios, haz que tu pueblo se alegre al saber de tu fidelidad que vemos manifestada en tu intervención en la resurrección de Jesús. Sabemos que Tú estás tan fielmente de parte del Amor y de la Vida y nos ayude a continuar sin desfallecer en la construcción del proyecto de Vida y Salvación que quieres para toda la humanidad.  Padre Nuestro, que estás en el cielo…  AMÉN.

Para Las Personas Que Quieran Profundizar Más

1.  Aparición a los discípulos (24,36-49): Ahora los once entran en la plenitud del mensaje pascual, gracias al encuentro con el resucitado. Habían recibido ya el testimonio de Pedro (24,34), pero necesitaban la experiencia personal del encuentro con Jesús resucitado. Esta experiencia personal es el fundamento de la fe de los creyentes de todos los tiempos, aunque el testimonio de los otros, que han creído antes, sea indispensable. Jesús les descubre el sentido profundo de la Escritura. Esta no sólo encuentra en él su cumplimiento sino su intérprete (24,44-45).

 Y les envía como testigos a predicar la conversión y el perdón de los pecados para toda la humanidad. Para esta urgente tarea, los(as) discípulos(as cuentan con la ayuda y la fuerza del Espíritu, cuya presencia implícita les prepara para Pentecostés (24,49). Tenemos también en este texto todos los elementos de lo que será la futura misión de la Iglesia. El testimonio apostólico tendrá como tema central la muerte y resurrección de Jesús como el Mesías, anunciado por el Antiguo Testamento (Lc 24,44.46). Y desde Jerusalén se anunciará a todos los pueblos la conversión y el perdón de los pecados. Es una breve síntesis que desarrollará san Lucas ampliamente en el libro de los Hechos (véase Hch 1,8).

Jesús resucitado no es un cadáver reanimado (como pudo serlo el hijo de la viuda de Naín, Lc 7,11-17). Jesús, con su resurrección, ha sido plenamente asumido en la vida divina. Sin embargo, y esta insistencia está muy presente en el relato, a pesar de ser un hecho que trasciende la experiencia humana, se trata de un hecho real, aunque no equiparable a lo empírico y mensurable. Anunciando que el Señor resucitado tiene «carne y huesos», Lucas va más allá de lo que el relato previo de Emaús y la misma aparición súbita en medio de sus discípulos sugieren. Parece querer evitar la creencia en un resucitado no real. El Señor resucitado es Jesús de Nazaret crucificado, y Lucas procura subrayar la continuidad existente entre el uno y el otro, como hace Juan en su evangelio (Jn 20,19-29). Pero no debemos olvidar, para tener una experiencia total de este encuentro, la discontinuidad subrayada por Pablo en 1 Cor 15,35-50. La plena comprensión de la resurrección de Jesús nace de la dialéctica entre identidad y alteridad.

 2. Jesús no es un fantasma: El relato de hoy es difícil, porque en él se trabaja con elementos dialécticos: Jesús no es un fantasma, enseña sus heridas, come con ellos... pero no se puede tocar como una imagen; pasa a través de las puertas cerradas. Hay una enseñanza sobre la resurrección de Jesús: el resucitado es la misma persona, pero no tiene la misma “corporeidad”. La resurrección no es una “idea” o un invento de los suyos. Esta forma de presentar las cosas, pretende afirmar una realidad profunda: el Señor está vivo. Las experiencias que tiene con los discípulos son para convencerles que ahora les toca a ellos proseguir su causa (el Reino de Dios), anunciar la salvación y el perdón de los pecados. Creer en la resurrección de Jesús sin estas consecuencias sería como creer en cosas de espíritus. Pero no se trata de eso, sino de creer en la realidad profunda de que el crucificado está vivo, y ahora les envía a salvar a toda la humanidad Está claro que tuvieron experiencias reales, pero el resucitado no ha vuelto a la corporeidad de esta vida para ser visto por los suyos. El texto tiene mucho cuidado de decir que Jesús es el mismo, pero su vida tiene otra corporeidad; no la de un fantasma, sino la de quien está por encima de la «carne y la sangre». La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. En su interior «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos». Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi sólo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?

  3. Hacen Falta Testigos: Los relatos evangélicos lo repiten una y otra vez. Encontrarse con el Resucitado es una experiencia que no se puede callar. Quien ha experimentado a Jesús lleno de vida, siente necesidad de contarlo a otros. Contagia lo que vive. No se queda callado. Se convierte en testigo.

La fuerza decisiva que posee el cristianismo para comunicar la Buena Noticia que se encierra en Jesús son los testigos. El testigo comunica su propia experiencia. No cree «teóricamente» cosas sobre Jesús; cree en Jesús porque lo siente lleno de vida. No sólo afirma que la salvación del hombre está en Cristo; él mismo se siente sostenido, fortalecido y salvado por él. En Jesús vive «algo» que es decisivo en su vida, algo inconfundible que no encuentra en otra parte. El testigo comunica lo que vive. Habla de lo que le ha pasado a él en el camino. Dice lo que ha visto cuando se le han abierto los ojos. Ofrece su experiencia, no su sabiduría. Irradia y contagia vida, no doctrina. No enseña teología, «hace discípulos» de Jesús. El mundo de hoy no necesita más palabras, teorías y discursos. Necesita vida, esperanza, sentido, amor. Hacen falta testigos más que defensores de la fe. Creyentes que nos puedan enseñar a vivir de otra manera porque ellos mismos están aprendiendo a vivir de Jesús.

2° Domingo de Pascua (B)

Juan 20,19-31

 1. Oración Inicial: Señor Jesucristo, hoy tu luz resplandece como fuente de vida y de gozo. Danos tu Espíritu para leer y comprender tu Palabra. Danos tu amor y verdad para que sepamos también descubrir e interpretar a la luz de tu Palabra los signos de tu vida divina presente en nuestra historia.  AMEN.    Cantar,  "Espíritu Santo Ven".

2.   Lectura:   ¿Qué dice el texto?

a. Introducción: El texto de hoy  es parte del evangelio donde se narran diversos episodios que se refieren a Cristo Resucitado. Estos hechos están colocados en el Evangelio de Juan en la mañana (20,1-18) y en la tarde del primer día después del sábado y ochos días después, en el mismo lugar y día de la semana.  El relato de hoy no se refiere sólo a la fe de aquéllos que no han visto a Cristo Resucitado, sino también a la misión confiada por Cristo a la Iglesia.   Abramos nuestros corazones a la Palabra de Dios.

b. Leer el texto: Juan 20,19-31: Hacer una lectura atenta, pausada y reflexiva para escuchar a Dios. Leerlo una segunda vez. 

c. Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio, para dejar que la Palabra de Dios impregne el corazón y la mente.     Terminar cantando: “Tu Palabra me Da Vida”.

d.  ¿Qué dice el texto?

1)     Cada persona lee en voz alta el versículo o palabra que más le tocó el corazón.

2)     ¿Por qué los discípulos están con las puertas cerradas?

3)     ¿Qué dice y hace Jesús a ponerse en medio de ellos? ¿Cómo reaccionan los presentes?

4)     ¿Qué encomienda Jesús a la comunidad? ¿Qué entrega para poder realizarla?

5)     ¿Qué sucede con el discípulo Tomás? ¿Qué le dice Jesús después de profesar su fe?

6)     Según el texto, ¿Cuál era la finalidad del evangelista a escribir su evangelio?

3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida?  No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo.  Lo importante es conocer y profundizar el texto, reflexionarlo y descubrir su sentido para nuestra vida.

  1. ¿Cuáles son nuestros miedos hoy? ¿Qué nos impide ser discípulos-misioneros(as) del Señor?
  2. ¿Sentimos llamados y enviados por el Señor? ¿A qué nos envía? ¿Estamos preparados(as) para aceptar su mandato y dar la vida por el Reino de Dios?
  3. ¿Cómo continuamos hoy la misión de Jesús? ¿Cómo anunciar a Jesús en la vida cotidiana?
  4. «Felices  los que creen sin haber visto». ¿Cuáles son los fundamentos de nuestra fe? ¿Por qué creemos?  
  5. Tomás no quería creer sin ver. ¿Cuáles serían las principales dificultades para creer en nuestra sociedad de hoy?
  6. ¿Qué significado tiene para nosotros(as) contar con el don del Espíritu Santo para la misión?
  7. ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga realidad en nuestra vida?
4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de escuchar y meditar su Palabra? Hacer oraciones dirigidas directamente al Señor. Dirigirse al Padre, a Jesús o al Espíritu Santo. Hablar con él, contarle, decirle lo que uno quiere o siente.  «¡Jesús Resucitado, anima nuestra fe y compromiso! »

5.  Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto y Comprometernos con la transformación de la realidad: Compromiso: Piensa un compromiso concreto para esta semana que te permita, con obras, dar testimonio de tu fe en Jesús Resucitado. Llevamos una “palabra”. Esa palabra o versículo nos va a acompañar hasta que nos encontremos nuevamente.

6. Oración final: Te damos gracias Jesús, Señor de la Vida, que nos has amado y llamado para ser tus discípulos(as). Gracias por el Espíritu y el mandato de anunciar y testimoniar tu resurrección, la misericordia del Padre, la liberación y la justicia para toda la humanidad. Haz que podamos superar nuestros miedos y nuestras indecisiones, afrontar nuestras dudas, responder a tu llamada y ser constructores de tu Reino. Padre Nuestro, que estás en el cielo…  AMÉN.

Para Las Personas Que Quieran Profundizar Más

1. Paz y misión: El evangelista ha relatado algunas de las señales que realizó Jesús. Escribe «para que en crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre» (20,31). Creer es tener vida. Tener fe es creer en la vida. Para Juan, todo comienza con la experiencia y el encuentro con Jesús (1,35-39). El evangelista se presenta como un testigo de los hechos y los dichos de Aquel que venció la muerte y resucitó. Ese testimonio es lo propio de los discípulos(as), de aquellas personas que lo siguieron atentas y desconcertadas por los caminos de Galilea. Creer en el Maestro fue para ellos un proceso difícil pero gozoso. Cuando murió temieron que todo había terminado, pero el Señor resucitado se apareció a ellos. Su presencia les inspiró paz, al mismo tiempo que significó para sus discípulos una nueva exigencia: «como el Padre me envió, también yo los envío» (vs.21). Ellos son los continuadores su obra. Nosotros hemos recibido ese testimonio y con él, la paz y la misión. De alguna manera Tomás nos representa en el texto. No vio físicamente al Señor resucitado. ¡Nosotros tampoco! Jesús reprocha a Tomás por no aceptar el testimonio de otros discípulos: «no seas incrédulo sino hombre de fe» (vs.27). Juan quiere así recordarnos cuál es hoy la vivencia que podemos tener de Jesús: el testimonio del hermano(a). Así nos llega al Evangelio del Señor y así lo debemos transmitir.

2. Jesús y Tomás. El evangelista subraya la identidad del Resucitado con el Crucificado. El testimonio de los ángeles, los encuentros y apariciones y, en especial, las exigencias de comprobación por parte de To­más, son de sumo interés. De ellas se dedu­ce que el Resucitado y el Crucificado son el mismo, aunque su forma de vida sea diversa. Ambos aspectos son igualmente importantes. De ahí las exigencias de ver y palpar los agu­jeros de las manos y del costado: identidad. De ahí la dificultad en reconocer al Resucita­do; creen ver un fantasma, un viandante, el jardinero: diversidad en su nueva forma de vi­da. La resurrección de Jesús no es la vuelta de un cadáver a la vida, sino la plena partici­pación de la vida divina por un ser humano. «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero… no creeré»: Tomás no cree a través de los testigos oculares. Quiere hacer su experiencia. El evangelio es consciente de la dificultad de cualquiera para creer en la Resurrección, especialmente aquéllos(as) que no han visto al Señor. Él está dispuesto a creer, pero quiere resolver personalmente toda duda, por temor a errar. Jesús ve en Tomás a un hombre en busca de la verdad y lo satisface plenamente. Es por tanto la ocasión para decir a futuros creyentes «¡Felices los que no han visto, pero creen!». También intenta poner de relieve la con­fesión adecuada de la fe cristiana al citar las palabras de Tomás: «Señor mío y Dios mío». To­más es presentado como representante de los que no quieren creer sin ver. Vencida su increencia, el evangelista nos lo presenta como modelo de fe. Son sus palabras las que reco­gen la auténtica confesión de la fe cristiana. En sus palabras el evangelio de Juan alcan­za su cota más elevada: el reconocimiento de Jesús como Señor y Dios. Con esta claridad sólo se había hablado en el prólogo: «la Pala­bra era Dios» (1,1). Así, todo el evangelio queda incluido entre estas dos afirmaciones o confesiones de fe.

3. Vivir de su Presencia: Sólo cuando ven a Jesús resucitado en medio de ellos, los discípulos se transforman. Recuperan la paz, desaparecen sus miedos, se llenan de una alegría desconocida, notan el aliento de Jesús sobre ellos y abren las puertas porque se sienten enviados a vivir la misma misión que él había recibido del Padre. La crisis actual de la Iglesia, sus miedos y su falta de vigor espiritual tienen su origen a un nivel profundo. Con frecuencia, la idea de la resurrección de Jesús y de su presencia en medio de nosotros es más una doctrina pensada y predicada, que una experiencia vivida. Cristo resucitado está en el centro de la Iglesia, pero su presencia viva no está arraigada en nosotros, no está incorporada a la sustancia de nuestras comunidades, no nutre nuestros proyectos. Tras veinte siglos de cristianismo, Jesús no es conocido ni comprendido en su originalidad. No es amado ni seguido como lo fue por sus discípulos(as). Nada ni nadie nos puede aportar hoy la fuerza, la alegría y la creatividad que necesitamos para enfrentarnos a una crisis, como puede hacerlo la presencia viva de Cristo resucitado. Privados de su vigor espiritual, no saldremos de nuestra pasividad, continuaremos con las puertas cerradas al mundo moderno, sin alegría ni convicción. ¿Dónde encontraremos la fuerza para recrear y reformar la Iglesia y la historia? Necesitamos de Jesús más que nunca. Necesitamos vivir de su presencia , recordar en toda ocasión sus criterios y su Espíritu, repensar su vida, dejarle ser el inspirador de nuestra acción. Él está en medio de nosotros comunicándonos su paz, su alegría y su Espíritu.

3. El soplo sobre los discípulos recuerda acciones bíblicas que nos hablan de la nueva creación por medio del Espíritu (Gn 2,7; Ez 37). El espíritu del Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos a la misión se inaugura un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. Será el Espíritu del resucitado el que rompa barreras y abra puertas para la misión. En Juan, Pentecostés es una consecuencia inmediata de la resurrección del Señor.