9 may 2012

4º Domingo de Pascua (B)

Juan 10,11-18

1. Oración Inicial: Señor Jesús, envíanos tu Espíritu Santo para comprender tú Palabra.  Guía nuestros pasos y orienta nuestro caminar para que sigamos tu ejemplo anunciando un Dios que se hace cercano para traernos la justicia y la paz. Queremos ser testigos para construir un mundo nuevo, para que brille el Evangelio y con su luz pueda haber Vida para tu pueblo.    AMÉN. Cantar "Espíritu Santo Ven, Ven".

 2. Lectura: ¿Qué dice el texto?

 a)  Introducción: En el texto de hoy, Jesús tiene delante a sus interlocutores: los fariseos, identificados en Jn 10,19 con los judíos.  Ellos son los falsos pastores, que han excomulgado y echado fuera al ciego. Por el contrario, Jesús, el buen pastor, busca la oveja perdida, la encuentra y la acoge.  Este contraste violento se describe ahora mediante una comparación: la del pastor. Abramos nuestros corazones a la Palabra de Dios.

b) Leer el texto: Juan 10,11-18: Leemos este texto de Juan con mucha atención, tratando de descubrir el mensaje de fe que el evangelista quiso transmitir a su comunidad. Leerlo una segunda vez.

c) Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida. Terminar cantando: “Tu Palabra me Da Vida”.

d) ¿Qué dice el texto?

1)    ¿Qué versículo o parte del texto más te impresionó? ¿Por qué?

2)    ¿Cómo se identifica Jesús en el texto?  ¿Qué características  tiene el buen pastor?

3)    A diferencia del buen pastor, ¿cómo actúa el asalariado?  ¿Por qué?

4)    ¿Cuál es la relación entre el buen pastor y sus ovejas? ¿Hasta qué extremo está dispuesto llegar el pastor por sus ovejas?

5)    ¿Qué actitud y preocupación tiene el buen pastor por las ovejas que no son de su corral?  ¿Qué deseo tiene Jesús para las personas que no son todavía sus seguidores?

 3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida? No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo.  Lo importante es conocer y profundizar el pasaje, reflexionarlo y aplicarlo a nuestra vida.

a.    ¿Han experimentado en su vida a Jesús como el buen pastor? Compartir.

b.    Hay personas que se presentan como líderes, pero en realidad, en vez de servir, buscan sus propios intereses. ¿Hemos tenido esta experiencia? ¿Cómo debemos evaluar a un líder?

c.    ¿Cómo son nuestras actitudes respecto a personas que dependen de nuestros cuidados? ¿Nos comportamos a veces como el pastor asalariado? ¿Conozcamos de verdad a las ovejas y las ovejas nos conocen a nosotros? ¿Somos capaces de dar la vida por las ovejas?

d.    Jesús abre el horizonte a otras ovejas que no son del redil: ¿No sería que hoy la Iglesia esté demasiada encerrada en sí misma: su manera de celebrar, de organizarse, etc. que mantenga alejada a mucha gente que, de buena gana entraría en nuestra comunión si abriéramos más las puertas que nos encierran?

e.    Nuestra comunidad y nuestra pastoral: ¿Cómo continúa la misión de Jesús, Buen Pastor?

4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de meditar su Palabra?   Ponemos en forma de oración todo aquello que hemos reflexionado sobre el Evangelio y sobre nuestra vida.  «El buen pastor da su vida por las ovejas».

5. Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto y Comprometernos con la transformación de la realidad: Compromiso: ¿Cómo puedes vivir una entrega de tu vida en la vida diaria, en tu familia, en tu trabajo?  Llevamos una “palabra”: Seguramente esta “palabra” o versículo se hará presente durante el día (semana)  mientras participamos en nuestros quehaceres diarios.

6. Oración final: Jesús, Buen Pastor, cuida toda la humanidad, y ya que nos alegramos por la alegría de la Resurrección, danos fuerza para trabajar con valor por el Reino y el gozo de verlo crecer poco a poco en el mundo, de modo que la fraternidad y solidaridad universal sea cada día más real.  Padre Nuestro, que estás en el cielo…  AMÉN.

Para Las Personas Que Quieran Profundizar Más

1. Contexto: El texto del evangelio de hoy (Jn 10,11-18) es la última parte del discurso del Buen Pastor (Jn 10,1-18).  El discurso de Jesús sobre el “Buen Pastor” presenta tres comparaciones, ligadas entre sí por la imagen de las ovejas, que ofrecen criterios para discernir quién es el verdadero pastor:
  • 1ª comparación (10,1-5): «Entrar por la puerta». Jesús distingue entre el pastor de las ovejas y aquel que asalta para robar. Aquello que revela quién es el pastor es el hecho de que él entra por la puerta. El salteador por otra parte.
  • 2ª comparación (10,6-10): «Yo soy la puerta». Entrar por la puerta significa obrar como Jesús, cuya preocupación mayor es la vida en abundancia de las ovejas. Aquello que revela al pastor es la defensa de la vida de las ovejas.
  • 3ª comparación (10,11-18): «Yo soy el buen pastor». Jesús no es sencillamente un pastor. Él es el Buen Pastor. Aquello que revela quién es el Buen Pastor es (1) el conocimiento recíproco entre la oveja y el pastor y (2) dar la vida por las ovejas.
¿En qué modo la parábola del Buen Pastor puede quitar la ceguera y abrir los ojos de las personas? En aquel tiempo, la imagen del pastor era el símbolo de líder. Pero no por el simple hecho de que alguien se ocupe de las ovejas puede éste ser definido como pastor. También los mercenarios cuentan. Los fariseos eran personas líderes. ¿Pero eran también pastores? Como veremos, según la parábola, para discernir quien es pastor y quién es mercenario, es necesario atender a dos cosas: (a) la conducta de las ovejas frente al pastor que las conduce, para ver si reconocen su voz. (b) la conducta del Pastor ante las ovejas para ver si su interés es la vida de las ovejas y si es capaz de dar la vida por ellos (10,11-18).

2. La comparación del Buen Pastor (10,11-15): Jesús no es un pastor cualquiera, es ¡el buen pastor! La imagen del buen pastor viene del Antiguo Testamento. Diciendo que es el Buen Pastor, Jesús se presenta como aquél que viene a cumplir las promesas de los profetas y las esperanzas del pueblo. Hay dos puntos en los que insiste: (a) En la defensa de la vida de las ovejas: el buen pastor da su vida. (b) En el mutuo entendimiento entre el pastor y las ovejas: El Pastor conoce a sus ovejas y ellas conocen al pastor. Y el pastor falso, que quiere vencer su ceguera, debe confrontar su propia opinión con la opinión de la gente. Esto era lo que no hacían los fariseos. Ellos despreciaban a las ovejas y las llamaban gente maldita e ignorante (7,49; 9,34). Al contrario, Jesús dice que la gente tiene una percepción infalible para saber quién es el buen pastor, porque reconoce la voz del pastor (10,4). Los fariseos pensaban que poseían la certeza en discernir las cosas de Dios. Pero en realidad eran ciegos. El discurso sobre el Buen Pastor encierra dos importantes reglas para quitar la ceguera farisaica de nuestros ojos: (a) Los pastores están muy atentos a la reacción de las ovejas, porque reconocen la voz del pastor. (b) Las ovejas deben prestar mucha atención a la conducta de aquéllos que se dicen pastores para verificar si verdaderamente les interesa la vida de las ovejas, sí o no, o si son capaces de dar la vida por las ovejas. ¿Y los pastores de hoy?

3. «Pastores» en la comunidad cristiana: Cuando entre los primeros cristianos comenzaron los conflictos y disensiones entre grupos y líderes diferentes, alguien sintió la necesidad de recordar que, en la comunidad de Jesús, sólo él es el Pastor bueno. No un pastor más, sino el auténtico, el verdadero, el modelo a seguir por todos. Esta bella imagen de Jesús, Pastor bueno, es una llamada a la conversión, dirigida a quienes pueden reivindicar el título de «pastores» en la comunidad cristiana. El pastor que se parece a Jesús, sólo piensa en sus ovejas, no «huye» ante los problemas, no las «abandona». Al contrario, está junto a ellas, las defiende, se desvive por ellas, «expone su vida» buscando su bien. Al mismo tiempo, esta imagen es una llamada a la comunión fraterna entre todos. El Buen Pastor «conoce» a sus ovejas y las ovejas le «conocen» a él. Sólo desde esta cercanía estrecha, desde este conocimiento mutuo y esta comunión de corazón, el Buen Pastor comparte su vida con las ovejas. Hacia esta comunión y mutuo conocimiento hemos de caminar también hoy en la Iglesia.
 
4. Responsabilidad pastoral no es un privilegio: Estamos ante la disyuntiva central: vida o muerte. Jesús hace ver así lo que está realmente en juego al interior de la Iglesia. Quienes tienen una tarea de orientación en ella deben estar cerca al pueblo cristiano, conocer sus necesidades y esperanzas. Más todavía, compartir su vida. La responsabilidad pastoral no es un privilegio, es un servicio. El pastor que se aleja de los sufrimientos cotidianos de los pobres, de los maltratos que reciben, se convierte en un extraño, y finalmente - por duros que puedan parecer los términos- en un «ladrón y salteador». Es un riesgo permanente. La advertencia del Señor es severa y exigente.

3° Domingo de Pascua

Lucas 24,35-48

1. Oración Inicial: Señor Jesús, envíanos tu Espíritu Santo y explícanos las Escrituras. Haz que arde nuestro corazón mientras nos hablas.  AMÉN.

 2.   Lectura:   ¿Qué dice el texto?

a. Introducción: No es fácil creer en Jesús resucitado. Según el texto de hoy, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre». Creer en el Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas. Abramos nuestros corazones a escuchar la Palabra de Dios.

b. Leer el texto: Lucas 24,35-48: Leemos este texto de Lucas con mucha atención, tratando de descubrir el mensaje de fe que el evangelista quiso transmitir a su comunidad. Releerlo una segunda vez.

c. Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio, para dejar que la Palabra de Dios impregne el corazón y la mente.       Terminar cantando: “Tu Palabra me Da Vida”.

d.  ¿Qué dice el texto?

1)    ¿Qué versículo o parte del texto más te impresionó? ¿Por qué?

2)    ¿Qué estaban haciendo los discípulos que retornaron de Emaús? ¿Qué dice Jesús al llegar? ¿Cómo reaccionaron los discípulos?

3)    ¿Qué les explica el Señor después de comer con ellos?

4)    ¿Qué hizo Jesús para que comprendieran las Escrituras?

5)    ¿Qué estaba escrito en la Biblia que explicaba lo que iba a suceder a Jesús?

6)    ¿Cuál es la misión de los “testigos de todo esto”?

 3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida?  No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo.  Lo importante es conocer y profundizar el texto, reflexionarlo y descubrir su sentido para nuestra vida.

  1. Los discípulos creen que se trata de un fantasma.  También hoy existen imágenes confusas de Jesús.  ¿Qué desafíos nos presenta para nosotros? ¿Qué imagen de Jesús presentamos?
  2. Aunque el testimonio de los otros, que han creído antes, sea indispensable, la experiencia personal de Cristo es el fundamento de la fe de los creyentes de todos los tiempos.  Comparte lo que ha sido tú experiencia personal de Cristo vivo.
  3. «Les abrió la mente para que entendieran las Escrituras»: ¿Escuchamos la Palabra de Dios en la Biblia?  ¿Nos ayuda para entender mejor nuestra vida y la realidad histórica de nuestro país?
  4. «Hacen falta testigos»: Comentar.
  5. ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga realidad?
4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de escuchar y meditar su Palabra? Desde la vida iluminada por la Palabra, ahora nos dirigimos a Dios.  Como comunidad orante, hablamos con el Señor alabando, dando gracias, pidiendo, contándole lo que uno quiere o siente. «Ustedes son testigos de todo esto».

5.  Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto y Comprometernos con la transformación de la realidad: Compromiso: ¿De qué manera, en forma personal y comunitaria, podemos dar testimonio de Cristo? Llevamos una “palabra”. Seguramente esta “palabra” o versículo se hará presente durante el día (semana)  mientras participamos en nuestros quehaceres diarios.

6. Oración final: Oh Dios, haz que tu pueblo se alegre al saber de tu fidelidad que vemos manifestada en tu intervención en la resurrección de Jesús. Sabemos que Tú estás tan fielmente de parte del Amor y de la Vida y nos ayude a continuar sin desfallecer en la construcción del proyecto de Vida y Salvación que quieres para toda la humanidad.  Padre Nuestro, que estás en el cielo…  AMÉN.

Para Las Personas Que Quieran Profundizar Más

1.  Aparición a los discípulos (24,36-49): Ahora los once entran en la plenitud del mensaje pascual, gracias al encuentro con el resucitado. Habían recibido ya el testimonio de Pedro (24,34), pero necesitaban la experiencia personal del encuentro con Jesús resucitado. Esta experiencia personal es el fundamento de la fe de los creyentes de todos los tiempos, aunque el testimonio de los otros, que han creído antes, sea indispensable. Jesús les descubre el sentido profundo de la Escritura. Esta no sólo encuentra en él su cumplimiento sino su intérprete (24,44-45).

 Y les envía como testigos a predicar la conversión y el perdón de los pecados para toda la humanidad. Para esta urgente tarea, los(as) discípulos(as cuentan con la ayuda y la fuerza del Espíritu, cuya presencia implícita les prepara para Pentecostés (24,49). Tenemos también en este texto todos los elementos de lo que será la futura misión de la Iglesia. El testimonio apostólico tendrá como tema central la muerte y resurrección de Jesús como el Mesías, anunciado por el Antiguo Testamento (Lc 24,44.46). Y desde Jerusalén se anunciará a todos los pueblos la conversión y el perdón de los pecados. Es una breve síntesis que desarrollará san Lucas ampliamente en el libro de los Hechos (véase Hch 1,8).

Jesús resucitado no es un cadáver reanimado (como pudo serlo el hijo de la viuda de Naín, Lc 7,11-17). Jesús, con su resurrección, ha sido plenamente asumido en la vida divina. Sin embargo, y esta insistencia está muy presente en el relato, a pesar de ser un hecho que trasciende la experiencia humana, se trata de un hecho real, aunque no equiparable a lo empírico y mensurable. Anunciando que el Señor resucitado tiene «carne y huesos», Lucas va más allá de lo que el relato previo de Emaús y la misma aparición súbita en medio de sus discípulos sugieren. Parece querer evitar la creencia en un resucitado no real. El Señor resucitado es Jesús de Nazaret crucificado, y Lucas procura subrayar la continuidad existente entre el uno y el otro, como hace Juan en su evangelio (Jn 20,19-29). Pero no debemos olvidar, para tener una experiencia total de este encuentro, la discontinuidad subrayada por Pablo en 1 Cor 15,35-50. La plena comprensión de la resurrección de Jesús nace de la dialéctica entre identidad y alteridad.

 2. Jesús no es un fantasma: El relato de hoy es difícil, porque en él se trabaja con elementos dialécticos: Jesús no es un fantasma, enseña sus heridas, come con ellos... pero no se puede tocar como una imagen; pasa a través de las puertas cerradas. Hay una enseñanza sobre la resurrección de Jesús: el resucitado es la misma persona, pero no tiene la misma “corporeidad”. La resurrección no es una “idea” o un invento de los suyos. Esta forma de presentar las cosas, pretende afirmar una realidad profunda: el Señor está vivo. Las experiencias que tiene con los discípulos son para convencerles que ahora les toca a ellos proseguir su causa (el Reino de Dios), anunciar la salvación y el perdón de los pecados. Creer en la resurrección de Jesús sin estas consecuencias sería como creer en cosas de espíritus. Pero no se trata de eso, sino de creer en la realidad profunda de que el crucificado está vivo, y ahora les envía a salvar a toda la humanidad Está claro que tuvieron experiencias reales, pero el resucitado no ha vuelto a la corporeidad de esta vida para ser visto por los suyos. El texto tiene mucho cuidado de decir que Jesús es el mismo, pero su vida tiene otra corporeidad; no la de un fantasma, sino la de quien está por encima de la «carne y la sangre». La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. En su interior «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos». Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi sólo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?

  3. Hacen Falta Testigos: Los relatos evangélicos lo repiten una y otra vez. Encontrarse con el Resucitado es una experiencia que no se puede callar. Quien ha experimentado a Jesús lleno de vida, siente necesidad de contarlo a otros. Contagia lo que vive. No se queda callado. Se convierte en testigo.

La fuerza decisiva que posee el cristianismo para comunicar la Buena Noticia que se encierra en Jesús son los testigos. El testigo comunica su propia experiencia. No cree «teóricamente» cosas sobre Jesús; cree en Jesús porque lo siente lleno de vida. No sólo afirma que la salvación del hombre está en Cristo; él mismo se siente sostenido, fortalecido y salvado por él. En Jesús vive «algo» que es decisivo en su vida, algo inconfundible que no encuentra en otra parte. El testigo comunica lo que vive. Habla de lo que le ha pasado a él en el camino. Dice lo que ha visto cuando se le han abierto los ojos. Ofrece su experiencia, no su sabiduría. Irradia y contagia vida, no doctrina. No enseña teología, «hace discípulos» de Jesús. El mundo de hoy no necesita más palabras, teorías y discursos. Necesita vida, esperanza, sentido, amor. Hacen falta testigos más que defensores de la fe. Creyentes que nos puedan enseñar a vivir de otra manera porque ellos mismos están aprendiendo a vivir de Jesús.

2° Domingo de Pascua (B)

Juan 20,19-31

 1. Oración Inicial: Señor Jesucristo, hoy tu luz resplandece como fuente de vida y de gozo. Danos tu Espíritu para leer y comprender tu Palabra. Danos tu amor y verdad para que sepamos también descubrir e interpretar a la luz de tu Palabra los signos de tu vida divina presente en nuestra historia.  AMEN.    Cantar,  "Espíritu Santo Ven".

2.   Lectura:   ¿Qué dice el texto?

a. Introducción: El texto de hoy  es parte del evangelio donde se narran diversos episodios que se refieren a Cristo Resucitado. Estos hechos están colocados en el Evangelio de Juan en la mañana (20,1-18) y en la tarde del primer día después del sábado y ochos días después, en el mismo lugar y día de la semana.  El relato de hoy no se refiere sólo a la fe de aquéllos que no han visto a Cristo Resucitado, sino también a la misión confiada por Cristo a la Iglesia.   Abramos nuestros corazones a la Palabra de Dios.

b. Leer el texto: Juan 20,19-31: Hacer una lectura atenta, pausada y reflexiva para escuchar a Dios. Leerlo una segunda vez. 

c. Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio, para dejar que la Palabra de Dios impregne el corazón y la mente.     Terminar cantando: “Tu Palabra me Da Vida”.

d.  ¿Qué dice el texto?

1)     Cada persona lee en voz alta el versículo o palabra que más le tocó el corazón.

2)     ¿Por qué los discípulos están con las puertas cerradas?

3)     ¿Qué dice y hace Jesús a ponerse en medio de ellos? ¿Cómo reaccionan los presentes?

4)     ¿Qué encomienda Jesús a la comunidad? ¿Qué entrega para poder realizarla?

5)     ¿Qué sucede con el discípulo Tomás? ¿Qué le dice Jesús después de profesar su fe?

6)     Según el texto, ¿Cuál era la finalidad del evangelista a escribir su evangelio?

3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida?  No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo.  Lo importante es conocer y profundizar el texto, reflexionarlo y descubrir su sentido para nuestra vida.

  1. ¿Cuáles son nuestros miedos hoy? ¿Qué nos impide ser discípulos-misioneros(as) del Señor?
  2. ¿Sentimos llamados y enviados por el Señor? ¿A qué nos envía? ¿Estamos preparados(as) para aceptar su mandato y dar la vida por el Reino de Dios?
  3. ¿Cómo continuamos hoy la misión de Jesús? ¿Cómo anunciar a Jesús en la vida cotidiana?
  4. «Felices  los que creen sin haber visto». ¿Cuáles son los fundamentos de nuestra fe? ¿Por qué creemos?  
  5. Tomás no quería creer sin ver. ¿Cuáles serían las principales dificultades para creer en nuestra sociedad de hoy?
  6. ¿Qué significado tiene para nosotros(as) contar con el don del Espíritu Santo para la misión?
  7. ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga realidad en nuestra vida?
4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de escuchar y meditar su Palabra? Hacer oraciones dirigidas directamente al Señor. Dirigirse al Padre, a Jesús o al Espíritu Santo. Hablar con él, contarle, decirle lo que uno quiere o siente.  «¡Jesús Resucitado, anima nuestra fe y compromiso! »

5.  Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto y Comprometernos con la transformación de la realidad: Compromiso: Piensa un compromiso concreto para esta semana que te permita, con obras, dar testimonio de tu fe en Jesús Resucitado. Llevamos una “palabra”. Esa palabra o versículo nos va a acompañar hasta que nos encontremos nuevamente.

6. Oración final: Te damos gracias Jesús, Señor de la Vida, que nos has amado y llamado para ser tus discípulos(as). Gracias por el Espíritu y el mandato de anunciar y testimoniar tu resurrección, la misericordia del Padre, la liberación y la justicia para toda la humanidad. Haz que podamos superar nuestros miedos y nuestras indecisiones, afrontar nuestras dudas, responder a tu llamada y ser constructores de tu Reino. Padre Nuestro, que estás en el cielo…  AMÉN.

Para Las Personas Que Quieran Profundizar Más

1. Paz y misión: El evangelista ha relatado algunas de las señales que realizó Jesús. Escribe «para que en crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre» (20,31). Creer es tener vida. Tener fe es creer en la vida. Para Juan, todo comienza con la experiencia y el encuentro con Jesús (1,35-39). El evangelista se presenta como un testigo de los hechos y los dichos de Aquel que venció la muerte y resucitó. Ese testimonio es lo propio de los discípulos(as), de aquellas personas que lo siguieron atentas y desconcertadas por los caminos de Galilea. Creer en el Maestro fue para ellos un proceso difícil pero gozoso. Cuando murió temieron que todo había terminado, pero el Señor resucitado se apareció a ellos. Su presencia les inspiró paz, al mismo tiempo que significó para sus discípulos una nueva exigencia: «como el Padre me envió, también yo los envío» (vs.21). Ellos son los continuadores su obra. Nosotros hemos recibido ese testimonio y con él, la paz y la misión. De alguna manera Tomás nos representa en el texto. No vio físicamente al Señor resucitado. ¡Nosotros tampoco! Jesús reprocha a Tomás por no aceptar el testimonio de otros discípulos: «no seas incrédulo sino hombre de fe» (vs.27). Juan quiere así recordarnos cuál es hoy la vivencia que podemos tener de Jesús: el testimonio del hermano(a). Así nos llega al Evangelio del Señor y así lo debemos transmitir.

2. Jesús y Tomás. El evangelista subraya la identidad del Resucitado con el Crucificado. El testimonio de los ángeles, los encuentros y apariciones y, en especial, las exigencias de comprobación por parte de To­más, son de sumo interés. De ellas se dedu­ce que el Resucitado y el Crucificado son el mismo, aunque su forma de vida sea diversa. Ambos aspectos son igualmente importantes. De ahí las exigencias de ver y palpar los agu­jeros de las manos y del costado: identidad. De ahí la dificultad en reconocer al Resucita­do; creen ver un fantasma, un viandante, el jardinero: diversidad en su nueva forma de vi­da. La resurrección de Jesús no es la vuelta de un cadáver a la vida, sino la plena partici­pación de la vida divina por un ser humano. «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero… no creeré»: Tomás no cree a través de los testigos oculares. Quiere hacer su experiencia. El evangelio es consciente de la dificultad de cualquiera para creer en la Resurrección, especialmente aquéllos(as) que no han visto al Señor. Él está dispuesto a creer, pero quiere resolver personalmente toda duda, por temor a errar. Jesús ve en Tomás a un hombre en busca de la verdad y lo satisface plenamente. Es por tanto la ocasión para decir a futuros creyentes «¡Felices los que no han visto, pero creen!». También intenta poner de relieve la con­fesión adecuada de la fe cristiana al citar las palabras de Tomás: «Señor mío y Dios mío». To­más es presentado como representante de los que no quieren creer sin ver. Vencida su increencia, el evangelista nos lo presenta como modelo de fe. Son sus palabras las que reco­gen la auténtica confesión de la fe cristiana. En sus palabras el evangelio de Juan alcan­za su cota más elevada: el reconocimiento de Jesús como Señor y Dios. Con esta claridad sólo se había hablado en el prólogo: «la Pala­bra era Dios» (1,1). Así, todo el evangelio queda incluido entre estas dos afirmaciones o confesiones de fe.

3. Vivir de su Presencia: Sólo cuando ven a Jesús resucitado en medio de ellos, los discípulos se transforman. Recuperan la paz, desaparecen sus miedos, se llenan de una alegría desconocida, notan el aliento de Jesús sobre ellos y abren las puertas porque se sienten enviados a vivir la misma misión que él había recibido del Padre. La crisis actual de la Iglesia, sus miedos y su falta de vigor espiritual tienen su origen a un nivel profundo. Con frecuencia, la idea de la resurrección de Jesús y de su presencia en medio de nosotros es más una doctrina pensada y predicada, que una experiencia vivida. Cristo resucitado está en el centro de la Iglesia, pero su presencia viva no está arraigada en nosotros, no está incorporada a la sustancia de nuestras comunidades, no nutre nuestros proyectos. Tras veinte siglos de cristianismo, Jesús no es conocido ni comprendido en su originalidad. No es amado ni seguido como lo fue por sus discípulos(as). Nada ni nadie nos puede aportar hoy la fuerza, la alegría y la creatividad que necesitamos para enfrentarnos a una crisis, como puede hacerlo la presencia viva de Cristo resucitado. Privados de su vigor espiritual, no saldremos de nuestra pasividad, continuaremos con las puertas cerradas al mundo moderno, sin alegría ni convicción. ¿Dónde encontraremos la fuerza para recrear y reformar la Iglesia y la historia? Necesitamos de Jesús más que nunca. Necesitamos vivir de su presencia , recordar en toda ocasión sus criterios y su Espíritu, repensar su vida, dejarle ser el inspirador de nuestra acción. Él está en medio de nosotros comunicándonos su paz, su alegría y su Espíritu.

3. El soplo sobre los discípulos recuerda acciones bíblicas que nos hablan de la nueva creación por medio del Espíritu (Gn 2,7; Ez 37). El espíritu del Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos a la misión se inaugura un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. Será el Espíritu del resucitado el que rompa barreras y abra puertas para la misión. En Juan, Pentecostés es una consecuencia inmediata de la resurrección del Señor.

Pascua de Resurrección (B)

1. Oración Inicial: Señor Jesucristo, hoy tu luz resplandece en nosotros(as), fuente de vida y de gozo. Danos tu Espíritu de amor y de verdad para que, como María Magdalena, Pedro y Juan, sepamos también descubrir e interpretar a la luz de la Palabra los signos de tu vida divina presente en nuestro mundo y acogerlos con fe para vivir siempre en el gozo de tu presencia aún cuando todo parezca rodeado de las tinieblas de la tristeza y del mal. AMEN.    Cantar,  "Espíritu Santo Ven".

2.   Lectura:   ¿Qué dice el texto?

a. Introducción: Vamos a leer hoy el pasaje que describe el sensacional descubrimiento de la tumba vacía por parte de María Magdalena y de los dos discípulos. El relato contiene elementos muy valiosos que nos ayudan a dinamizar nuestro propio camino pascual. Durante la lectura, tratemos de prestar atención a los detalles del relato.  Abramos nuestros corazones a la Palabra de Dios.

b. Leer el texto: Juan 20,1-9: Hacer una lectura atenta, pausada y reflexiva para escuchar a Dios. Leerlo una segunda vez. 

c. Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio, para dejar que la Palabra de Dios impregne el corazón y la mente.     Terminar cantando: “Tu Palabra me Da Vida”.

d.  ¿Qué dice el texto?

1)     ¿Qué versículo o parte del texto te impresionó más? ¿Por qué?

2)     ¿Quién fue la primera persona en llegar a la tumba de Jesús? ¿Qué día fue? ¿Qué hace?

3)     En la carrera con Pedro, ¿Quién llegó primero al sepulcro y qué hizo? ¿Qué hizo Pedro al llegar?

4)     ¿Qué pasó con el discípulo amado cuando entró al sepulcro vacío?

5)     ¿Qué es lo que no entendían inicialmente en la Escritura?

3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida?  No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo.  Lo importante es conocer y profundizar el texto, reflexionarlo y descubrir su sentido para nuestra vida.

  1. Para dar testimonio no basta saber que Jesús ha resucitado, hay que experimentarlo presente. Cada uno(a) relata, ¿cuál es su experiencia de encuentro personal con el Señor Resucitado? ¿Qué ha hecho Cristo en mi vida?
  2. Nuestro pueblo vive situaciones de muerte cotidianas (cesantía, salarios injustos, situaciones de corrupción, violencia e injusticia). El Dios de la Vida nos invita a ser testigos de la Resurrección. ¿Cómo podemos ser testigos del proyecto del Reino donde vivimos y trabajamos? ¿Cómo celebrar el gozo pascual en medio del sufrimiento humano?
  3. ¿Qué significa ser testigo de la Resurrección del Señor en nuestros días?
  4. ¿Has pasado ya por una experiencia de pérdida o de muerte? ¿Qué te ha dado nueva vida o qué te ha devuelto esperanza y alegría de vivir?
  5. ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga realidad en nuestra vida?
4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de escuchar y meditar su Palabra? Hacer oraciones dirigidas directamente al Señor. Dirigirse al Padre, a Jesús o al Espíritu Santo. Hablar con él, contarle, decirle lo que uno quiere o siente.  ¡Alabado sea Cristo, que ha resucitado de entre los muertos dándonos la vida!”

5.  Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto y Comprometernos con la transformación de la realidad: Compromiso: ¿Con qué signos externos concretos voy a celebrar la Resurrección de Jesús en mi casa y en mi comunidad? Llevamos una “palabra”. Esa palabra o versículo nos va a acompañar hasta que nos encontremos nuevamente. Seguramente esta “palabra” o versículo se hará presente durante el día (semana)  mientras participamos en nuestros quehaceres diarios.

6. Oración final: Señor de la vida, que nos llenas de gozo con ocasión de las fiestas anuales de Pascua. Ayúdanos para que, renovados por la gran alegría experimentada por la comunidad, trabajemos siempre por vencer los signos de la muerte y hacer crecer la Vida, hasta que experimentemos la plenitud del Reino de Dios.  AMÉN.

Para Las Personas Que Quieran Profundizar Más 

 1. De todas las mujeres presentes en la tumba en los otros evangelios, sólo María Magdalena aparece en Juan. Tuvo el valor de quedarse con Jesús hasta la hora de su muerte en la cruz (19, 25). A la noticia de la Magdalena que ve el sepulcro vacío, Pedro y el Discípulo Amado van al sepulcro. El evangelio nos comunica algo extraño: el «otro discípulo (discípulo amado)» corría más que Pedro y llegó primero al sepulcro, pero no entró. Pedro miró adentro y vio los lienzos en el suelo. El discípulo amado, tras haber entrado, vio también el sudario enrollado en un lado y el evangelio dice: «Vio y creyó» Pero no nos dice nada de la reacción de Pedro que había entrado primero en el sepulcro vacío. Al final, el evangelio añade esta frase: «Aún no habían comprendido la Escritura, según la cual Jesús debía resucitar de entre los muertos». (20,9). Esto significa que el Antiguo Testamento no comunica por sí sólo la comprensión total de lo que encierra. La luz para entender el verdadero sentido del Antiguo Testamento se ve en el preciso momento en que el Discípulo Amado «Vio y creyó». Su experiencia de la resurrección fue como una luz que entró en los ojos de los discípulos y de las discípulas y les reveló el sentido total y completo del A.T. Y es la luz en los ojos la que libera el sentido de las palabras del A.T.   «». 

Una comparación para entender el cambio. Entre un grupo de amigos, uno de ellos muestra una foto en la que se ve a un hombre con un semblante muy severo, con el dedo levantado, casi agrediendo al público. Todos piensan que se tratara de una persona inflexible, antipática, que no deja lugar a intimidades. En ese momento llega un muchacho y exclama: «¡Es mi padre!».  Los demás lo miran y dicen: «¡Vaya padre severo, eh!». Y él contesta: «¡No, no en absoluto! Es muy cariñoso. Mi padre es abogado. Esa foto se la sacaron cuando estaba denunciando un crimen de un latifundista que quería expropiar a una familia pobre de un terreno baldío y que tenía desde hace años. Mi padre ganó el pleito. Los pobres se quedaron con la tierra».  Todos se miran de nuevo y dicen: «¡Qué bonita foto!». Casi de manera milagrosa, la foto se ilumina y asume un aspecto nuevo. Aquel rostro tan severo se cubre de una inmensa ternura. Las palabras del hijo cambian todo, ¡sin cambiar nada! Las palabras y los gestos de Jesús, nacidos de su experiencia de hijo, acogido y resucitado por el Padre, sin cambiar una letra o una coma, cambiaron todo el sentido del Antiguo Testamento (Mt 5,17-18). Dios mismo, que parecía a veces en el Antiguo Testamento tan lejano y severo, asumió los rasgos de un Padre bueno, lleno de ternura.

2. El Discípulo Amado: El otro discípulo a quien Jesús quería: es un personaje que aparece sólo en este evangelio y sólo a partir del capítulo 13, cuando muestra una gran intimidad con Jesús. Aparece en todos los momentos decisivos de la pasión y de la resurrección de Jesús, pero permanece anónimo y sobre su identidad se han dado hipótesis bastantes diferentes. Probablemente se trata del discípulo anónimo del Bautista que sigue a Jesús junto con Andrés (1,35-40). Puesto que el cuarto evangelio no habla nunca del apóstol Juan y considerando que este evangelio a menudo narra cosas particulares propias de un testigo ocular, el "discípulo amado" ha sido identificado con el apóstol Juan. El cuarto evangelio normalmente se le ha atribuido a él. En el texto de hoy se ve una cierta competencia de jerarquías: el discípulo amado (que había aparecido por última vez junto a la cruz) es el primero en llegar a la tumba y ver las vendas con que habían envuelto a Jesús. Pero será Pedro, cuando llegue corriendo un poquito después (que la última vez había aparecido negando a Jesús) quien entre primero a la tumba vacía y ve el paño con que habían cubierto su cabeza, lo cual prueba que los discípulos no habían robado el cuerpo. A continuación entra el discípulo amado quien ve lo mismo y cree (es el primero en creer). Se mantiene la primacía del discípulo amado. Ante la ignorancia colectiva K(“no conocían las Escrituras, que debía resucitar”), uno solo regresa habiendo creído. En la cercanía a Jesús y en la percepción de las señales este discípulo amado  precede siempre a Pedro (13,23.25; 15,15s; 21,7).

3. El Nuevo Rostro de Dios: El encuentro con Jesús, lleno de vida después de su ejecución, transformó totalmente a sus discípulos(as). Lo empezaron a ver todo de manera nueva. Dios era el resucitador de Jesús. Los seres humanos podrán destruir la vida de mil maneras, pero si Dios ha resucitado a Jesús, esto significa que sólo quiere la vida para su pueblo. No estamos solos ni perdidos ante la muerte. Podemos contar con un Padre que, por encima de todo, incluso por encima de la muerte, quiere vernos llenos de vida. En adelante, sólo hay una manera cristiana de vivir. Se resume así: poner vida donde otros ponen muerte. Si Dios ha resucitado a Jesús, quiere decir que es verdad: «felices los pobres porque le tienen a Dios». La última palabra no la tiene Tiberio ni Pilato, la última decisión no es de Caifás ni de Anás. Dios es el último defensor de los que no interesan a nadie. Sólo hay una manera de parecerse a él: defender a los pequeños e indefensos. Dios resucita a los crucificados. Dios ha reaccionado frente a la injusticia criminal de quienes han crucificado a Jesús. Si lo ha resucitado es porque quiere introducir justicia por encima de tanto abuso y crueldad como se comete en el mundo. Dios no está del lado de los que crucifican, está con los crucificados. Sólo hay una manera de imitarlo: estar siempre junto a los que sufren, luchar siempre contra los que hacen sufrir.