28 oct 2011

30° Tiempo Ordinario (A)

30° Tiempo Ordinario (A)
Mateo 22, 34-40

1. Oración Inicial: Ven Espíritu Santo.  Danos la gracia de acoger la Palabra de Dios.  Ilumínanos con tu luz, abre nuestra inteligencia y nuestros corazones para comprenderla.  Danos la voluntad, el valor y la gracia necesaria para vivirla en nuestras vidas.   AMÉN.    Cantar "Espíritu Santo Ven, Ven".

2. Lectura: ¿Qué dice el texto?

a. Introducción: El texto de hoy presenta la disputa sobre el mandamiento más importante. Después de la derrota que han sufri­do los saduceos, los fariseos vuelven a reu­nirse en consejo (véase Mt 22,15). Los fariseos intentan poner de manifies­to que Jesús no sabe interpretar la ley de Moisés y que por tanto no es una persona digna de crédito. Abramos nuestros corazones a escuchar la Palabra de Dios.

b. Leer el texto: Mt 22, 34-40: Leemos este texto de Mateo con mucha atención, tratando de descubrir el mensaje de fe que el evangelista quiso transmitir a su comunidad. Leerlo una segunda vez.

c. Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida. Terminar cantando: “Tu Palabra me Da Vida”.

d. ¿Qué dice el texto?

1)     ¿Qué versículo o parte del texto te impresionó más? ¿Por qué?
2)     ¿Qué personajes intervienen en el texto?
3)     ¿Cuál es la intencionalidad de la pregunta que hace el maestro de la ley a Jesús?
4)     ¿Cuál es la respuesta de Jesús?

3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida? No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo. Lo importante es conocer y profundizar el texto, reflexionarlo y descubrir su sentido para nuestra vida.

  1. ¿Cómo estamos ante los dos valores esenciales que Jesús proclama, los dos amores, a Dios y al prójimo?
  2. Muchas personas hoy quieren saber qué es lo que define a una persona como un buen cristiano(a). Algunas dicen que esto consiste en estar bautizado, rezar e ir a misa los domingos. Otras dicen que consiste en practicar la justicia y vivir la fraternidad. Cada uno tiene su propia opinión.  Comentar.
  3. ¿Por qué el amor a Dios y al prójimo constituye el resumen de toda la Biblia?
  4. ¿Quiénes son los prójimos donde el Señor quiere ser amado y servido por sus seguidores?
  5. ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga realidad en nuestra vida?

4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de escuchar y meditar su Palabra? Ponemos en forma de oración todo aquello que hemos reflexionado sobre el Evangelio y sobre nuestra vida. ¡Ayúdanos a vivir el amor, Señor! 

5. Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto y Comprometernos con la transformación de la realidad: Compromiso: Amar al prójimo es practicar la justicia y la solidaridad: ¿Qué podemos hacer por los que sufren en esta semana? Llevamos una “palabra”. Esa “palabra” o versículo que nos va a acompañar hasta que nos encontremos nuevamente. Seguramente se hará presente durante la semana mientras participamos en nuestros quehaceres diarios.

6. Oración final: Dios, Padre Bueno, aumenta nuestra fe, nuestra esperanza y, sobre todo, aumenta nuestro amor y nuestro sentido de la justicia, de modo que vivamos siempre próximos a nuestros hermanos y hermanas, especialmente a las personas más necesitadas. Ayúdanos a vivir este amor en la vida familiar, en el trabajo diario, en el barrio y con los vecinos, en la lucha social por la justicia, en el compromiso político,  en la construcción de un mundo nuevo.  AMÈN.   Padre Nuestro, que estás en el cielo…

Para Las Personas Que Quieran Profundizar Más

1. El Mandamiento más grande: El mandamiento más grande o el primer mandamiento es éste: “Amar a Dios con todo el corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22,37). En la medida en que el pueblo de Dios, a través de los siglos, ha profundizado sobre el significado de este amor, ha caído en la cuenta que el amor de Dios ha sido real y verdadero sólo si se ha concretado en el amor hacia el prójimo. Por eso es por lo que el segundo mandamiento es semejante al primero (Mt 22,39). “Si alguno dice: Amo a Dios pero odia a su hermano, es un mentiroso” (1Jn 4,20). “Toda la ley y los profetas dependen de estos dos mandamientos” (Mt 22,40). En esta identificación de los dos amores ha existido una evolución dividida en tres etapas:

  1. 1ª Etapa: “Prójimo” es el pariente de la misma raza: El Antiguo Testamento enseñaba la obligación de “¡amar al prójimo como a uno mismo!” (Lv19,18). En aquel tiempo la palabra prójimo era sinónimo de pariente. Se sentían obligados a amar a todos los que hacían parte de la familia, del mismo clan, del mismo pueblo.
  2. 2ª Etapa: “Prójimo es aquél a quien me acerco o el que se me acerca. El concepto de prójimo sí es el mismo. Y en el tiempo de Jesús hubo una discusión acerca de “¿quién es mi prójimo?” Algunos doctores de la ley pensaban que se debía extender el concepto de prójimo más allá de los límites de la raza. Otros no querían ni hablar de esto. Entonces un doctor de la ley se dirige a Jesús con esta polémica pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Jesús responde con la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,29-37), en la cuál el prójimo no es el pariente o amigo, sino cualquiera que se acerca a nosotros, independientemente de la religión, del color, de la raza, del sexo o de la lengua. ¡Tú debes amarlo!
  3. 3ª Etapa: La medida del amor hacia el “prójimo” es amar como Jesús nos ha amado.
    Jesús había dicho al doctor de la ley: “¡No estás lejos del Reino!” (Mc12,34). El doctor ya estaba vecino, porque de hecho, el Reino consiste en unir el amor de Dios con el amor al prójimo, como ya había afirmado un doctor ante Jesús (Mc 12,33). Pero para poder entrar en el Reino debía dar un paso más. En el Antiguo Testamento el criterio del amor hacia el prójimo era el siguiente: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús ensancha este criterio y dice: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Ninguno tiene un amor más grande de éste: ¡dar la vida por los amigos!” (Jn 15,12-13). Ahora, en el Nuevo Testamento el criterio será: “Amar al prójimo como Jesús nos ha amado”. Jesús ha interpretado el sentido exacto de la Palabra de Dios y ha indicado el camino para una convivencia más justa y más fraterna.
2. ¿Uno o dos amores? Amor a Dios y amor al prójimo son dos dimensiones fundamentales, responde Jesús a los fariseos que quieren ponerlo a prueba. Algunas tensiones que vivimos en la Iglesia tienen su raíz en la forma sesgada en que interpretamos la relación entre estas dos exigencias. Hay quienes enfatizan el amor de Dios de una manera que hace aparecer la relación con el prójimo como algo secundario que se agrega a lo realmente importan­te. En dicha perspectiva se hace difícil presentar la relevancia de la inserción histórica del cristiano, así como las exigencias que le vienen del pobre, lo que la Biblia llama el huérfano, la viuda, el extranjero (cf.Ex.22,20-26). De otro lado, algunos sugieren que el ser cristiano se manifiesta en forma poco más o menos que exclusiva en el compromiso y la solidaridad con los demás. Esto es impor­tante, sin duda, para un creyente. Pero se corre el peligro de que la oración, la celebración, el saber y el saborear la Palabra de Dios, expresiones vitales del mundo de la gratuidad en que se coloca nuestra relación con el Señor, pierdan su plena significación y disminuyan sus alcances. Por eso, si queremos quedarnos con uno solo de esos amores, perdemos los dos. Lo importante no es saber cuál es mandamiento más importante, sino buscar el origen de todos ellos. Jesús propone claves: amar a Dios y amar al prójimo. Toda la enseñanza de la ley y los profetas pueden deducirse de estos dos mandamientos. Dicho con otras palabras, ésta es la puerta para llegar a Dios y al prójimo. No existe otra. La más grande tentación del ser humano es la de querer separar estos dos amores, porque así la pobreza de los otros no inquietaría para nada su conciencia.

3. Se trata en este texto de una catequesis que Mateo presenta para orientar a las comunida­des hacia una auténtica práctica de la vida cristiana. No inte­resa discutir prescripciones, normas, preceptos y prohibicio­nes, aunque tengan origen divino. Se invita a las comunidades a contrastar su opción de amor a Dios y al prójimo en la vida cotidiana según el juicio final, que será sobre la práctica con­creta del amor y la misericordia (25,31-46).

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