21 may 2013

ASCENSIÓN DEL SEÑOR


Lucas 24,45-53

1. Oración Inicial: Señor Jesús, envía tu Espíritu Santo para que nos ayude a leer la Biblia como Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros(as) podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar que Tú estás vivo en medio de nuestra historia como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. AMÉN. Cantar «Espíritu Santo Ven, Ven».

 2. Lectura: ¿Qué dice el texto?

a. Introducción: Lucas es el único evangelista que habla de la ascensión, distinguiéndola de la resurrección. El resucitado necesitaba confirmar a sus discípulos(as) en la fe e instruirles con vistas a su futura misión. Es en lo que insiste el libro de los Hechos al hablar de cuarenta días. Se destaca la importancia del resucitado en el origen de la Iglesia. Después se iniciará el tiempo de la misión en el que Jesús continuará presente mediante la fuerza del Espíritu Santo. Abramos nuestros corazones a escuchar la Palabra de Dios.

b. Leer el texto: Lucas 24,45-53: Hacer una lectura atenta, pausada y reflexiva. Tratar de descubrir el mensaje de fe que el evangelista quiso transmitir a su comunidad. Leerlo una segunda vez.

c. Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio, para que la palabra de Dios pueda penetrar en nuestros corazones. Terminar cantando: «Tu Palabra me Da Vida».

d. ¿Qué dice el texto?

1) Cada persona lee el versículo o parte del texto que te impresionó más.

2) ¿Qué dijo Jesús sobre lo escrito en las escrituras acerca de él?

3) ¿Cuál es la misión que los(as) discípulos(as) deben hacer en nombre de Jesús?

4) ¿Qué promete Jesús para que sus discípulos(as) pudieran ser sus "testigos"?

5) ¿Qué fue el último gesto de Jesús al ascender al cielo?


3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida? No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo. Lo importante es conocer y profundizar el texto, reflexionarlo y descubrir su sentido para nuestra vida.

a) Jesús nos llama a ser testigos, ¿Qué significa en nuestros días ser testigos de Jesús? ¿Cómo vivir para hacer vida hoy el proyecto de Jesús?

b) ¿En qué damos verdadero «testimonio» de Jesús y de su Causa? ¿En qué no lo damos suficientemente o en verdad, aún no lo damos?

c) ¿Qué señales damos de interés por los(as) demás y por su liberación de esclavitudes, adicciones o angustias, de sufrimientos, marginación, opresión o depresión?

d) La misión nace del Espíritu: ¿Cómo dejarnos guiar por el Espíritu Santo?

e) ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga realidad?

 4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de escuchar y meditar su Palabra? Ponemos en forma de oración todo aquello que hemos reflexionado sobre el Evangelio y sobre nuestra vida. «Que tu Espíritu, Señor, nos de fuerza para ser testigos del Reino».

 5. Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto, volver la mirada al mundo y comprometernos con el Reino de Dios y su justicia: Compromiso: El testimonio se demuestra con hechos y actitudes de vida nueva, ¿Qué puedes hacer para «bendecir», buscar el bien, hacer el bien, atraer hacia el bien? Llevamos una "palabra". Puede ser un versículo o una frase del texto. Tratar de tenerla en cuenta y buscar un momento cada día para recordarla y tener un tiempo de oración donde volver a conversarla con el Señor.

 6. Oración final: Dios Padre bueno, al celebrar con gozosa esperanza la ascensión de tu amado Hijo Jesús, que fue crucificado por ser fiel a tu voluntad de vida digna para todos y todas, te pedimos que, con la fuerza del amor del Espíritu Santo, le sigamos al servicio de tu Reino de justicia, de amor y de paz. Espíritu de Jesús, fecunda nuestras comunidades, para que sean testimonio vivo del Evangelio, vivido hoy, en nuestros días. Padre Nuestro, que estás en el cielo… AMÉN.

Para Las Personas Que Quieran Profundizar Más

1. Querido(a) Animador(a): Sugerimos seguir la siguiente pauta al iniciar cada encuentro:

a.            Compartir sobre lo que le pasó a la gente en su diario vivir durante la semana.

b.            ¿Cómo he experimentado a Jesús en lo que he vivido? ¿Qué ha hecho Cristo en mi vida?

c.            ¿Qué he hecho esta semana para extender el Reino de Dios?

 
2. Es Lucas, tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el único autor que habla de la Ascensión en todo el Nuevo Testamento. Sin embargo, las diferencias sobre el particular de ciertos aspectos y símbolos en el mismo evangelista, sorprende a quien se detiene un momento a contrastar el final del evangelio (24,46-53) y el comienzo de los Hechos (1,1-11). En realidad, los discursos no son opuestos, pero resalta en concreto, que la Ascensión se posponga “cuarenta días”, en los Hechos de los Apóstoles, mientras que en el Evangelio todo parece suceder en el mismo día de la Pascua. Esto último es lo más determinante ya que la Ascensión no implica un grado más o un misterio distinto de la Pascua. Es lo mismo que la Resurrección, si ésta se concibe como la “exaltación” de Jesús a la derecha de Dios. ¿Qué es lo que pretende Lucas? Simplemente establecer un período determinado, simbólico, de cuarenta días en que lo determinante es lo que se refiere a hablarles del Reino de Dios y a prepararlos para la venida del Espíritu Santo. Jesús instruye a sus discípulos de nuevo, confirmándolos en su fe todavía frágil, para estar alerta. El tiempo Pascual extraordinario, nos quiere decir Lucas, está tocando a su fin y el Resucitado no puede estar llevándolos de la mano como hasta ahora. Deben abrirse al Espíritu porque les espera una gran tarea en todo el mundo, hasta los confines de la tierra.

Hay una promesa muy importante: recibirán la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo, que les acompañará siempre. Lucas, pues, usa el misterio de la Ascensión para llamar la atención sobre la necesidad de que los(as) discípulos(as) entren en acción. Hasta ahora todo lo ha hecho Jesús y Dios con él; pero ha llegado el momento de una ruptura necesaria para la Iglesia en que tiene que salir de sí misma, de la pasividad gloriosa de la Pascua, para afrontar la tarea de comunicar la buena noticia del Reino de Dios.

3. El último gesto: Jesús era realista. Sabía que no podía transformar de un día para otro aquella sociedad donde veía sufrir a tanta gente. No tenía poder político ni religioso para provocar un cambio revolucionario. Sólo tenía su palabra, sus gestos y su fe grande en el Dios de los que sufren. Por eso le gusta tanto hacer gestos de bondad. «Abraza» a los niños de la calle para que no se sientan huérfanos. «Toca» a los leprosos para que no se vean excluidos de las aldeas. «Acoge» amistosamente a su mesa a pecadores e indeseables para que no se sientan despreciados. No son gestos convencionales. Le salen desde su voluntad de hacer un mundo más amable y solidario en el que las personas se ayuden y se cuiden mutuamente. No importa que sean gestos pequeños. Dios tiene en cuenta hasta el «vaso de agua» que damos a quien tiene sed.

A Jesús le gusta sobre todo «bendecir». Bendice a los pequeños y bendice sobre todo a los enfermos y desgraciados. Su gesto está cargado de fe y de amor. Desea envolver a los que más sufren con la compasión, la protección y la bendición de Dios. No es extraño que, al narrar la despedida de Jesús, Lucas lo describa levantando sus manos y «bendiciendo» a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sus seguidores quedan envueltos en su bendición.

La Iglesia ha de ser en medio del mundo una fuente de bendición. En un mundo donde es tan frecuente «maldecir», condenar, hacer daño y denigrar, es más necesaria que nunca la presencia de seguidores de Jesús que sepan «bendecir», buscar el bien, hacer el bien, atraer hacia el bien. Una Iglesia fiel a Jesús está llamada a sorprender a la sociedad con gestos públicos de bondad, rompiendo esquemas y distanciándose de estrategias, estilos de actuación y lenguajes agresivos que nada tienen que ver con Jesús, el profeta que bendecía a la gente con sus gestos y palabras de bondad.

 4. Ascensión y Pentecostés son las fiestas de la madurez cristiana. Son un llamado a prolongar la misión de Jesús con nuestras percepciones de la realidad, criterios, decisiones. "La fuerza del Espíritu" (Hch.1,7) está con nosotros. No se trata de quedarse inmóviles mirando hacia arriba y lamentando la ausencia del Señor, sino de ponerse en camino y llevar su Evangelio "a todos los confines de la tierra" (Hch.1,8). Por ello todo intento de mantener a los(as) cristianos(as) en una actitud de dependencia e inmadurez sin reales responsabilidades y voz en la Iglesia es contrario al sentido de la fiesta que celebramos hoy. Ser adulto en la fe es una exigencia evangélica, y el adulto debe tener opinión sobre la misión común.

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